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Hace mucho, o hacía, que no dejaba nada escrito por aquí, y hoy voy a romper ese silencio temporal y os voy a obsequiar con lo último que he escrito. Ayer mismo, para ser exactos. ¡Espero que os guste!
La verruga
Después de algunos años de noviazgo y convivencia, la bruja Carmen y el brujo Tomás habían tenido una brujita. Los primeros días vinieron cargados de alegría: regalos, visitas, cumplidos… que si el color verdoso de su tez era ideal, que si mira qué sombrero tan torcido te hemos regalado para la pequeña, que si la miniescoba es monísima de la muerte…
Y así transcurrió todo durante los primeros años de Leopolda, la brujita. Así, hasta que con seis años las vecinas empezaron a cuchichear. Y, ¿de qué cuchicheaban estas brujas? De la niña, de Leopolda, pues con seis años aún no tenía verruga en su cara. En ninguna parte de su verdosita cara, la mirases por donde la mirases. Nada en las mejillas, en los párpados, en su majestuosa nariz de bruja, en alguna de sus cejas… Nada de nada.
Sus padres, en realidad no estaban muy preocupados, pues Carmen recordaba que a su abuela no le creció su hermosísima verruga hasta los nueve años, pero…
¡¡Ay, qué sería de un cuento sin un pero!! Pero pasó el tiempo, sí, los años, sí, los… ¡cómo se llamen! Y la niña, nuestra Leopoldita ya tenía doce años, y los cuchicheos y conversaciones entre susurros ya no eran tales, sino que eran un clamor. Un clamor popular, un motivo de sorna, de chistes y, lo que es peor, de desgracia para la familia de Leopolda.
Ella, comenzaba a sentirse mal, a estar triste, a… llorar por las esquinas. Cogía su escoba, se iba a una nube y se sonaba los mocos, dejándolo todo… bueno, pues imaginaos. Sólo los murciélagos le hacían caso y le escuchaban sus pequeñas aventurillas. ¡Claro, como eran ciegos..! Sin embargo ella cada vez se mortificaba más con su desgracia, con su falta de verruga. Soñaba por las noches con despertar con una hermosa verruga, grande, con pelitos alrededor, de esas que están diciendo: ¡ven y devórame, truhán! Cada noche, el sueño era más recurrente, y cada mañana el bofetón propinado por la realidad más insoportable para Leopolda.
Su madre consultó a dermatólogos, a brujos muy brujos, a magos muy malos, pero nadie le daba solución, pues entre sí, no pueden lanzarse hechizos para cambiar su aspecto.
Leopolda a sus dieciséis años ya no salía de casa, para no sentirse observada; no leía cuentos de brujas, pues todos tenían bellísimas protagonistas de prominentes verrugas en sus caras; incluso había perdido el apetito y ni su plato preferido (ancas de sapo rellenas de vísceras de ratón en salsa de baba de caracol) quería probar. Se sentía sola, triste y muy muy diferente. Nadie quería hablar con ella si no era para burlarse de su inmaculada cara.
En una de sus excursiones a las nubes le preguntó a Lola la loca (como una cabra, tú estás tan loca), que por allí vivía entonces tras incendiar su colegio. Ella le recomendó frotarse un sapo en la nariz. Y lo intentó, pero…
Después, le pidió consejo al propio sapo, quien asqueado y limpiándose su venenosa piel, le sugirió que comiera esas asquerosas gominolas que toman los niños, ya que parecen verrugas de colores, pero…
Las niñas encerradas en el árbol endemoniado le dijeron que se bañase desnuda en la ciénaga de Shrek y se comiera unas orugas de color azul que por allí vivían, pero…
Que si un hechizo con diente de dragón, que si un cóctel de cardos y cáctuses, que si besarse con un brujo que tuviera un ojo en Roma y otro en Ankhara… Incluso llegó a comer auténticas guarradas: ¡una manzana verde! ¡Qué asco, la santa bruja! Y nada funcionó. Nada.
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