Se acercaba la noche de reyes. Hacía ya dos años que Antonio se vio obligado a decirle a su hijo que sus señorías… “Los Reyes Magos no existen tal cual, hijo,” -tratando de transmitirle cariño y tranquilidad- “sino que somos los padres, mamá y papá quienes os regalamos lo que pensamos que más ilusión os hará o que necesitáis para…”, pero en ese punto, las lágrimas cayendo hacia el parqué y la voz de Yordi le interrumpieron. Casi ni discutió. Ni quiso saber más. Se limitó a estar triste todo el día, toda la semana y todo un mes. En realidad más de un mes. Por suerte la vida y su cotidianidad habitual siguieron caminando y a Yordi se le fue borrando esa cara de… de decepción, tristeza y reflexión continua.

Y se acercaba otro día de reyes. Antonio sabía que, a pesar de todo, los regalos llenaban de ilusión a los peques de la casa, pero también vaticinaba el “gracias papá, un beso, mamá” que apareció en la última ocasión. Y no era lo mismo, no. De “¡Guau, justo la raquete que quería! ¡Los Reyes son la monda!!, a un “gracias y unos besos”… Sí, se había perdido la fantasía. Por el camino de la verdad innecesaria la imaginación se había hecho a un lado.

Yordi, por su parte, estaba ya pensando en los regalos importantes que aparecerían entre la luna nocturna y el sol del alba. Tenía muchas ganas de sus zapatillas de deporte nuevas; de sus libros; de ese juego de mesa que llevaba esperando desde antes de su cumpleaños. Ilusión material no le faltaba, pero material para la ilusión tampoco:

El niño que ya no lo era tanto había seguido viviendo tras la decepción algo tardía de la inexistencia de sus tres amigos orientales. Y vivir es más que soñar, más que jugar y más que ir a clase o ver deportes a través del televisor. Sin embargo precisamente estas actividades y otras le habían ido alumbrando de nuevo el camino. Ese camino.

La primera vez fue fruto de la casualidad. De esas veces tontas que ni siquiera estás escuchando y algo que oyes,  curiosamente, te hace pensar. Fue disfrutando de algún partido de su Atleti conta el Real Madrid. Como es común, los suyos no parecieron oponer mucha resistencia y… perdieron con todo merecimietno. Lo interesante ocurrió cuando en el segundo gol blanco un defensa colchonero se resbaló y dejó el balón a los pies de un cristiano muy conocido. Éste, ante portero y portería, eligió la portería y, eso, gol, el número dos. Entonces alguien comentó en el salón “¡¡Menudo regalo del tipo, así mete un gol hasta mi abuela!!“. Y esa frase de un amigo de su padre le despertó. Y le reindicó el sendero.

Después llegarón más “ejemplos”. En casa de su amigo Juan, cada vez que éste hacía una trastada de las suyas y estaba su abuelo por allí cerca, se sonreía el señor con su “este niño sí que está hecho un buen regalito, sí, menudo regalito de niño“. Y Yordi entendía que la madre de Juan les había regalado ese nieto a sus padres cuando el que fuera su marido se marchó sin avisar. Supongo que para compensar la pérdida, intentaba razonar Yordi. ¿Otro? Venga otro: los perros de su calle eran muy limpios, pero sus amos tal vez no tanto. Lo de agacharse a recorrer los excrementos de sus mascotas no se les daba. quizá tuvieran dolor lumbar, o éste fuese contagioso entre los dueños de canes, o se les olvidaban las bolsitas por despiste o mala cabeza. El caso era que lo de recoger… nada. Y el carnicero un día, con bastantes malos humos por cierto, se giró y le espetó a un dueño-de-animal-supuestamente-menos-racional-que-nosotros: “¡¿Guapo, y el regalito por qué no lo deja en tu casa?!” La verdad es que esto dejó a nuestro prota algo confuso: un regalito, mal humor, caca de perro: esto me huele mal, pero siguió acumulando experiencias, que para eso está la vida.  Y ahora pasamos a uno mucho más cariñoso y positivo: Verano en el pueblo de mami, una joven la mar de guapa asomada en su ventana a eso de las siete de la tarde (¡con la que está cayendo!). Un joven menos agraciado pero que parece muy majete, bajo la ventana con rejas, una canción que suena. Bueno, esto es un adorno que he puesto yo, sí, Yordi adorna. y un vecino que pasa cerca, mira con esa mirada extraña que ponen los mayores ante las mujeres bellas, observa al joven y le grita con algo de sornilla: “¡Vamos, mozo, deja ya de regalarle el oído a esa preciosidad, que ella el regalo aún no te lo quiere dar”. Y ahí, ahí, justo en ese momento ya no le quedaron dudas. Ninguna, señores y damas.

Entendió, comprendió y celebró que todos somos un poco reyes magos, que todos nos encargamos de ir haciendo regalos; unos mejores otros más raros; unos más fáciles de entender otros que no hay quien se aclare; unos muy carnales otras más etéreos; unos cargados de alguna intención que aún o entiendo otros con el espíritu de agradar. Y más, y más, y más. Y siguió Yordi acumulando “conversaciones con regalos”. Y aquello de “nosotros hacemos de reyes porque todos los padres lo hacen, porque queremos que estéis contentos, ilusionados, felices” y lo que seguía que le había comentado Antonio, papá, que ya no recordaba ni importancia tenía, cobraba toda la fuerza y sentido oportunos.

Y esa fue la sorpresa de los reyes. Yordi tenía algo preparado para su madre, algo más para su padre y, cómo no, un regalo para su hermanita. En primer lugar, a cada uno le dio un regalo. ¿Qué? Eso es lo de menos; algo que les gustó. Y después les hizo otros dos. Unos personajes a camello que eran los reyes magos de Oriente, para cada cual su “prefe”, con su nombre bajo los pies. Y el mayor regalo, especialmente dedicado a papá: Esos son vuestros tres reyes, -afirmó mirándole a los ojos-, pero yo ya sé que todos somos un poco reyes y que dar regalos no es sólo cosa de tres personajillos inventados para explicarle algo a los niños”. Y con ese aire de superioridad por verse mayor se marchó a estrenarse las zapatillas de baloncesto y ver si ayudaban o no a saltar más. Y esas prisas le hicieron perderse la sonrisa enorme de mamá y las lágrimas alegres de papá, que fueron a caer justo en el mismo lugar donde cayeran las de su hijo hacía ahora dos años.


Antes de acabar quisiera dar mis agradecimientos a Ángel y Ricardo (orden alfabético) por darme ideas relacionadas con este cuento, incluso sin saberlo. Y dedicarle el mismo a Antonio, colega senderista que me contó la decepción de su hijo al conocer que los R.M de Oriente no existen como tales y provocó que mi cabeza se echara a pensar en el tema. Gracias a los tres.

Espero que los reyes se hayan portado bien con todos y que todos nos hayamos portado igual de bien con ellos y merezcamos cada enreo que nos traigan. Mi regalo es éste. Feliz 2012, lectores, lectoras y demás.

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